LOS
ETERNOS IDIOTAS
Domingo de
octubre. Sombrío, nebuloso, opaco. La obscuridad se cierne sobre el firmamento.
Tan sólo el resplandor artificial y mecánico de los televisores y computadores
se vislumbra tras el distante vidrio de las ventanas. Tecnología. Innovación,
“progreso”, lo llaman. El entorno te arrastra irremediablemente a la pulsión
frenética e irracional del teclado. Google, Google, siempre Google. Complejo
cometido el de nadar, bracear entre tal mare
magnum de bazofia, mitología, insignificancia y chatarra periodística a la
que acostumbra el buscador para alcanzar una mera reseña, imperceptible en una
vacuidad tan a su vez repleta, que contenga un ápice de relevancia. La hallo,
aunque me arrepiento al instante de no haber refrenado las riendas de mi
curiosidad. “En estatua de sal te convertirás”. Y aquí me tienen, escribiendo
desde el salitre de indignación, estupor y bochorno.
La
tal noticia era la siguiente, agárrense: “El
proyecto de Real Decreto que modificará el Real Decreto 1614/2009 establece que
los estudios titulados superiores de enseñanzas artísticas en España dejarán de
ser graduados universitarios para pasar a ser titulados superiores”.
Purgando la cita de los entramados lingüístico-jurídicos con que el BOE
engalana sus notificaciones (y que parecen destinados a que ni el último mono
entienda una sola palabra), la síntesis enunciaríase así: “El Estado considera
que la función de los artistas (músicos, poetas, pintores, actores) en nuestra
sociedad es equiparable a la de una estufa de carbón en pleno mes de agosto
sobre las dunas diurnas del desierto del Sáhara”. Es la candidez perniciosa, la
aguda ignorancia de quien establece categorías clasificatorias en función de la
“utilidad” que se presupone a ciertas disciplinas, según las cuales todo
aquello que careciera de pragmatismo inmediato debería ser condenado a la
extinción.
Ingenieros,
arquitectos, biólogos, doctores, asesores, fiscales o notarios son aupados y
jaleados porque, además de cumplir un papel primordial (el firmante no lo
duda), “aportan algo” (qué escamosa es esta oración) al país, a la
funcionalidad pura y estructural de una nación. En base a este criterio,
escritores, compositores, ilustradores o cineastas son poco menos que
hemorroides en el trasero del Estado. Y es perfectamente comprensible. ¿Qué
diantres han aportado García Márquez, Vargas Llosa, Vincent Van Gogh, Monet,
Mozart, Vivaldi, Cervantes, Da Vinci, Miguel Ángel, Chopin o Chaikovski,
Chaplin, Kubrick o Hitchcock? Y, ubicándonos en el presente, ¿Ken Follet,
Reverte, The Beatles, The Rolling Stones o Mingote? Nada, ¿cierto?,
absolutamente nada. Pura fantasía en un mundo de automatismo y maquinismo donde
tan sólo es válido aquello que produzca un bien materialista, positivista, con
un fin encorsetado dentro de una esquematización rígida, matemática. Y lo
demás, fruslerías, vaguedades, ilusiones de seres inmaduros y marginales sin
capacidad de integrarse en el entorno que los rodea.
Lo
realmente irritante es que quienes cortan las alas del arte con sus desprecios
y vilipendios gustan de sintonizar una buena emisora con que agasajar sus
oídos, se deleitan con una célebre novela, contratan a un decorador para
diseñar una reforma doméstica, no comprenden un fin de semana sin sesión
cinematográfica o visionado de una comedia en televisión, acuden al teatro,
buscan cobijo a sus desdichas en los hilarantes guiones de Los Simpsons y
tararean bajo la ducha. También alaban El Quijote, dan muestras de su erudición
con latinismos, reflexionan con las viñetas de Quino y loan el cubismo de
Picasso. Y, lo que es peor, ignoran que tras todo ello algún día debió haber un
excéntrico que, sabiéndose al margen de la sociedad, compuso un soneto, hilvanó
un verso o trazó un magistral retrato.
Y
ahora, en este preciso instante, mientras usted lee estas líneas, un
Cervantes en potencia, un futuro Beethoven, intenta lidiar con un pentagrama o
pelear con un alejandrino. Y, si no recibe su merecido apoyo institucional o
académico, si es apaleado con la indiferencia y el ultraje, con la burla, con
el “te vas a morir de hambre y acabarás durmiendo bajo un puente”, llegará el
día en que arroje sus pinceles al retrete, cierre la tapa del piano y desista
de su labor vocacional. Entonces, sólo en ese momento, estaremos arrebatando a
la historia sus hitos.
Si
alguien hubiera tildado de inútil a Shakespeare o a Mozart en su época, si
alguien los hubiera instado a abandonar sus “majaderías”, el mundo habría
ganado a dos médicos más, o ingenieros, o arquitectos, pero habría perdido lo
inefable. Esos “alguien” hipotéticos acechan con más intensidad que nunca,
ruidosos, indiscretos, ¿los escuchan?, son ellos, los eternos idiotas.
ILUSTRACIÓN: MAITE RODRÍGUEZ MORENO.
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